jueves, 3 de noviembre de 2011

Pero el amor, esa palabra...

Hablar de amor resulta difícil ya que es una palabra que reúne muchos significados. Quienes nos han dado las mejores definiciones del amor son los artistas. A lo largo de las distintas épocas históricas, poetas, pintores, músicos trataron de describir el sinuoso territorio del amor.
J. Cortázar dedica al amor todo el libro de Rayuela, y plantea dos caminos posibles en la relación amorosa: “Total parcial, te quiero. Total general, te amo”.
Sabemos de la distinción entre amor sensual y amor basado solo en la ternura. También podemos establecer una diferencia entre el “querer” y el “amar”. Todo querer entraña un intento de posesión mientras que el amar se refiere a ser al lado del otro más que tenerlo. Es posible asociar el querer con la etapa de enamoramiento que caracteriza el comienzo de una relación amorosa. Este estado involucra, según Freud, una sobreestimación del objeto y una puesta en segundo plano del yo. El objeto es el ideal, no tiene defectos, es engrandecido y se lo considera perfecto. Con el paso del tiempo el enamoramiento puede transformarse en  amor propiamente dicho, en donde a los elementos imaginarios se anexan elementos simbólicos y reales. En este momento de la relación, el otro es visto con sus defectos y virtudes, y se lo elige en función de esta combinación. Tal como afirma J. Lacan, se ama en el objeto aquello que falta.
Siguiendo con las etapas del querer y el amar, querer a la pareja tiene como base el mito de la media naranja, en donde de dos se haría uno. Amar a la pareja tiene como sostén el reconocimiento del otro siendo diferente, en donde de dos es imposible hacer uno.
El componente imaginario del amor hace que lo disgregado de mí haga círculo con lo incompleto del otro. De ahí esa sensación de que el otro es complemento que llena los vacíos de mi existencia. Pero esto es solo en el registro imaginario, ya que la incompletud que caracteriza al ser humano es lo que posibilita la presencia del amor. Si no me falta nada, no necesito del otro. Es así que en la relación amorosa se trata de la superposición de dos faltas, de cierto enganche inconsciente entre dos.
El terreno del amor es habitado por el malentendido, y por un desencuentro fundamental que va más allá de la unión real entre dos personas. Nuestra pareja nunca nos da la certeza de que nos ama verdaderamente, es un decir a medias que implica la elección siempre renovada de ese hombre o esa mujer. El amor, por lo tanto, es eterno durante el tiempo que dura y es posible mientras se siente.
En las relaciones afectivas (familia, amigos, pareja) muchas veces repetimos la forma arcaica de amar que nos transmitieron nuestros padres, disponemos de una suerte de “modelo para amar” que debe ser transformado en un modelo para armar. En pintura, toda combinación auténtica reclama tomar distancia de los colores primarios.
Mientras que el enamoramiento siempre encierra cierta “locura” transitoria, el amor se sostiene de la cordura, el equilibrio y los proyectos a futuro. Es así que en el amor, se consume a alguien o se consuma un proyecto en común.
Normalmente se relaciona el amor apasionado con la adolescencia, ya que el adulto está para otras cosas…pero vemos que la pregunta que acecha en cada giro del planeta es: “¿me quiere o no me quiere?”, “Me quiere bien, es decir, me ama? O me quiere mal, es decir me usa?”. Muchas veces usamos el amor como vara para medir el bienestar: ser correspondido en la pareja, ser reconocido en el trabajo, ser valorado en la familia.
Porque entre el hombre y la mujer la cosa no anda, existe el amor. Entre el hombre y la mujer está el muro del amor, dice Lacan. El amor como un muro aspira a la totalidad.
Que no se pueda tener todo del otro no nos impide que, en el fondo, esa sea nuestra mayor aspiración.

“Todo lo que de vos quisiera es tan poco en el fondo,
Porque en el fondo es todo”. J. Cortázar. Salvo el Crepúsculo.