martes, 25 de octubre de 2011

El Psicólogo en nuestra época

El psicólogo a lo largo de los años fue relativamente aceptado como profesional capaz de resolver conflictos, asesorar u orientar en ciertas temáticas. Mayormente se lo asocia a los problemas y a la locura. A pesar de que su función en la sociedad actual es más que necesaria, la idea de empezar y sostener una terapia no deja de resultar amenazante para muchas personas.
El imaginario de muchos es habitado por frases del tipo: ¿Por que tengo que ir yo al psicólogo?, ¿me va a poder ayudar solo con palabras?, ¿le tengo que pagar solo para que me escuche?, ¿voy a ir al psicólogo para que me diga las cosas que hice mal o me de consejos?, a los problemas los tiene que solucionar uno solo, yo no tengo ningún problema, etc.
Más que con problemas, el Psicoanálisis trabaja con lo que no anda, con el malestar del sujeto en el campo del lenguaje, y este malestar puede ir de desde una necesidad de ser escuchado hasta la locura propiamente dicha. Hay que dividir las aguas porque cuando hablamos de malestar no necesariamente hablamos de locura; y porque lo que consideramos inicialmente como un problema puede transformarse en solución.
Aunque los psicólogos guardamos en nuestro interior el deseo de ser reconocidos como profesionales que saben lo que hacen, en el mismo sentido en que se reconoce a un médico por ejemplo o a un ingeniero, la Psicología no es una ciencia al modo de la ciencia moderna, en donde dos más dos es cuatro. En Psicología y más aún en Psicoanálisis, dos más dos puede ser cinco.
El malestar es inherente al ser humano, pero a veces ese malestar adquiere un papel protagónico que nos lleva a realizar una consulta o comenzar un tratamiento. La mayoría de las personas ante un sufrimiento psíquico-emocional acude a nuestros  potenciales aliados en el campo de la salud: los médicos. Por suerte la medicina fue incorporando a la Psicología como un recurso a utilizar desde el punto de vista interdisciplinario, lo cual implica cierta revolución epistemológica con respecto a otros momentos históricos.
Como decía, en algunos casos primero se pasa por el médico como modelo de saber. Pero el médico reconoce este otro saber que encierra la Psicología y le propone al paciente que haga uso de ella. Este acto médico es loable ya que puede ser leído por el paciente como una falta de saber de su parte, la imagen del médico se mueve ante los ojos del paciente. Pero por más paradójico que parezca, el límite es lo que posibilita toda ética: conocer los propios límites profesionaliza.
La misma ley afecta al psicólogo que debe conocer donde empiezan y terminan sus posibilidades de intervenir. El psicólogo suele ser  tildado de estafador por robar la plata de la gente, pero esto se revierte cuando uno pasa por la experiencia de un análisis. E incluso al final de esta experiencia algunos pacientes terminan sintiéndose en deuda.
Entonces al principio hay una gran desconfianza, y cierta renuencia a pagar por algo que no es un objeto de consumo. Después se genera una especie de dependencia del sujeto al espacio analítico, llueva, truene, caigan piedras… el sujeto se hace presente en las sesiones, para finalmente salir del consultorio siendo otro, un otro más auténtico, un otro con menos malestar. Claro que esta experiencia no sirve a todo el mundo. Puede que a otras personas les resulte otro tipo de espacio (yoga,  astrología, shiatsu, tarotismo, acupuntura, autoayuda, deportes, religión) o tal vez pueda resolver lo que lo aqueja por medio de la sublimación.
El psicólogo no puede prometer la felicidad absoluta porque simplemente no está en los planes de la creación, decía Freud. Toda promesa de felicidad debe ser evaluada críticamente porque es probable que se trate de una estafa.
Por lo tanto, el psicólogo o la psicóloga que habla con voz calma, viste bellamente, lee tantos libros y posee tan buenos modales no da consejos. Su función no es enseñar a vivir sino despejar el camino para que el sujeto elija cómo vivir asumiendo la responsabilidad de sus elecciones. Diría Lacan, pagando el precio. Todo tiene un precio. Y cómo cuesta poder sostener una terapia… siendo el síntoma lo más extraño y a la vez lo más propio de cada uno. Uno no abandona el síntoma y la comodidad fácilmente. Por lo general, es cuando el sujeto está al borde del abismo que el psicólogo adquiere un rol preponderante y a él se une el psiquiatra. Los psicólogos no nos asustamos ante las crisis, simplemente pensamos que el sujeto esperó demasiado.
Nuestra función no es enseñar a vivir porque también somos sujetos alienados al lenguaje, nuestra función no es hacer el bien en el sentido de la norma, lo que se debe corregir, sino muy por el contrario, es permitir mediante toda una serie de artilugios, que el sujeto encuentre un lugar interesante en el mundo y pueda hacer uso de él.