viernes, 9 de mayo de 2014

jueves, 8 de mayo de 2014

Hasta el infinito

El encuentro fue espontáneo.
Después de una distancia que a fin de cuentas había sido una espera, verse aquel día era imprescindible.
Ninguno sabía que iba a surgir de esa  tarde de invierno con un sol radiante, pero ambos empezaban a cambiar el aura. Cada uno por su lado se dirigía hacia el soñado encuentro en el parque, así armado como por un capricho de los dos.
En cuestión de quince minutos, el presente había llegado: Lilian lo buscaba entre tantas cabezas y Horacio la encontraba, obnubilado por ella. El césped era el lienzo que prestaba un fondo a todo aquello que no parecía tener fin. Cuando se vieron fue como un choque de trenes vaporosos llenos de burbujas, y ellos parecían asumir una especie de estrellato; como si fueran los protagonistas de un cuadro de Monet.
Ver que ambos coincidían ese día, a esa hora, llenaba la atmósfera de alegría y tranquilidad. Dadas las circunstancias, cualquier argumento más o menos cuerdo podría tirar todo abajo y alguno podría haberse arrepentido en el trayecto.
Lilian apresuró la marcha hasta el punto de tener que esquivar a las personas que iban caminando plácidamente para llegar hasta Horacio. Ahí estaba él, como detenido o estaqueado en el piso observándola mientras agitaba unos papeles enrollados que tenía en la mano. Ella había sido un indescifrable y ahora podía verla, tocarla, besarla.
Algo en la mirada de Horacio la incomodaba,  y Lilian tenía la necesidad de moverse un  poco para disimular. Movía el cuerpo con cualquier excusa: abrocharse el saco, acomodar la cartera en el hombro, patear alguna piedrita.
Para cuando ella terminó de imaginarlo vestido de blanco en un altar lleno de lilas, ya estaban sentados frente a frente. Como una niña pequeña, Lilian no podía dejar de sonreir. Mientras le hablaba, ella escuchaba  su propia voz como viniendo de otra parte, como si de otra mujer se tratara.
Al modo de una estatua viviente, él miraba para los costados, para cualquier lado hasta que finalmente la miró a los ojos. La complicidad que los abrazó en ese instante era tal que lindaba con lo siniestro, pero no había dudas de que valía la pena.
Por lo tanto, hubo ese momento fugaz en donde sintieron que se amaban profundamente. Fue necesario permanecer en silencio, y en ese intervalo entre una palabra y la otra, entre dos gestos, supieron que estaban enganchados hasta el infinito, y que no había vuelta atrás de esta condena. “A través de tus ojos puedo ver el mundo”, dijo Lilian aún sorprendida por sus propios sentimientos. “A través del mundo puedo ver tus ojos”, dijo Horacio tomándola de la mano para acariciarla.
En ese momento la gente que transitaba ya era bruma en movimiento, por horas, o tal vez durante varios días, Lilian pensó que ese amor era lo único verdadero en el universo.
Es así que emprendió un viaje hacia un más allá de lo cotidiano. Más allá de su vida, siempre estaba la boca de Horacio esperándola. Este amor era una invitación a no se que clase de fiesta existencial a la que nadie podía negarse.
El distanciamiento había sido culpa de los planetas que orbitaron de forma incorrecta durante diez años consecutivos. Ninguno de los dos había querido alejarse pero la vida nos había separado. Volver  con Horacio era un gran acontecimiento, por lo que Lilian se vio asaltada por la poesía propia o ajena y decía cosas sin parar. Como dice tal, como dice cual…como dice G. Cerati “lo entendí todo, menos la distancia”. Ese fue su lema durante mucho tiempo. La canción rigió su vida hasta que, por fuerza mayor, ella tuvo que acudir al médico clínico.
Hacía tiempo que sentía mareos y fatiga, el médico le diría si tenía bajas las defensas o si precisaba vitaminas. Ese fue un día como cualquier otro, nada fuera de lo común. Tenía que hacerse un chequeo de rutina y levaba los resultados de los análisis de sangre.
Con la impresión de que el tiempo pasaba demasiado rápido, comenzó a subir las escaleras del sanatorio, y luego de atravesar la burocracia de la atención médica, tomó asiento frente al consultorio del Dr. Cavagnaro.
Cuando Lilian se disponía a tomar una de las revistas pasatistas que tanto me gustan, alzó la mirada como un gesto automático de tanteo del lugar y comenzó a temblar de espanto.
Dejó de sentir el cuerpo y solo podía oír su respiración acelerada, fuera de control.
Sobre el revistero de la sala de espera reposaba un imponente cuadro de Monet con bellos colores. Allí estaban Lilian y Horacio tomados de la mano, caminando hacia el más allá.




Latitud del recuerdo

Al mediodía tuve que agarrar la almohada que usabas y recostarme sobre ella sin pensar en nada, el perfume que quedo cuando dormías fue mi manto y la cuota diaria de supervivencia. Ya son las ocho de la noche y sigo esperando que las horas no transcurran, es decir, que el ciclo del planeta se corte y la tierra deje de girar. Solo quisiera descansar de todo lo que tengo que hacer, cosas que hago al modo de una marioneta sin alma propia.
Ese lavarropas infernal ya no hace ruido, y el solo hecho de saber que tengo que colgar una ropa que no es tuya me da palpitaciones. Sé que voy a terminar en el patio, con la cara congelada y la mirada perdida en un punto lejano que se va descompletando.
Ya me lo dijeron, es infructuoso salir al patio y pretender que cuando vuelva a entrar a la casa estés desparramado en el sillón como solías hacerlo a esta hora.
Sin embargo, en la oscuridad de la noche, espero que grites mi nombre y me preguntes donde deje esto o que hice con esto otro. Pero solo se oye el sonido que hacen mis manos cuando cuelgo mi ropa húmeda en la soga.
Seria, cansada y con el gesto apretado, ya no recuerdo que hice ayer, o cuándo fue la última vez que las cosas sucedían sin tanto esfuerzo. Cada idea está contaminada de emociones tóxicas que van dejando esas imágenes nuestras cuando pasan. No hay remedio que me libere de esas fotos mentales que te traen hacia mí sin cesar.
A pesar de todo, a veces duermo. Los sueños son siempre inquietantes  y al despertar, lo único que encuentro es el silencio y la quietud de estar sola.
Solo puedo sostenerme de una imagen desgarrada en donde hacíamos todo juntos. Ni siquiera puedo volver a ver esa foto tuya que está debajo de un folleto, adentro de mi agenda. No quiero verte si no vas a estar, y a la vez, no dejo de verte parado al lado del teléfono buscando algún papelito de esos en donde yo anotaba todo, o caminando por la casa buscando cosas para ordenar. Pero ya no me hablas, ya no puedo tocar tu pelo dorado ni observar cómo tus pestañas danzan al verme entrar.
Al final del día, mis ideas se manchan de preguntas sin sentido, sin destinatario, ¡como si no supiera la respuesta!. Son saberes que agrandan esta herida abierta y hacen que el tiempo se derrame sin cesar como agua entre los dedos.
Extraño hasta las realidades calladas, y esos roces en el cuerpo cuando uno iba para la cocina y el otro para el comedor. Montaña rusa entre un amor sin límites  y el odio más profundo, porque me dejaste y habíamos dicho que nos íbamos a ir juntos.
Aunque siento que hablo en una lengua muerta, por lo menos hablo.
El tiempo ha pasado, pero aun así mis párpados se siguen cerrando para amortiguar el golpe. Recuperarse, levantarse, seguir con mi vida, siempre me dicen ese tipo de cosas. Que saben ellos de mi dolor…
Quiero desafiar el dicho popular que dice “todo pasa”, todo pasa menos vos. Vos y también lo que yo era cuando estaba a tu lado.
Los días se van sin que yo pueda registrar ningún momento importante. Se cortó el hilo que me hacía levantar cada día. Aunque me quejara y no quisiera hacer de comer, yo estaba con vos y eso era suficiente para sentirme viva. Hablo de esa felicidad de tenerte conmigo, de saber que tenemos planes, que una vez al mes vamos a ir al cine y una vez por semana iremos a cenar. Una felicidad cotidiana, imperfecta pero eficaz, que empecé a sentir desde el primer día en que nos conocimos.
Tan cerca estaba de cambiar mi vida que la primera vez que dijiste que me amabas me pareció una broma del destino, o un resarcimiento por todo lo que me había tocado vivir. Aquel día, el sol rodeaba tus pestañas haciendo que tu cara se acercara a mí en tres dimensiones. Yo permanecía con las piernas cruzadas, como si estuvieran atadas al banco de la plaza. Ya en aquel entonces, tenía miedo que mis piernas se soltaran  prescindiendo del resto de mi cuerpo, para abrazarte eternamente y jamás dejarte ir.



viernes, 2 de mayo de 2014

Ficciones II - Capicúa


Capicúa
Cumplo los años indefectiblemente. Pero, ¿con qué necesidad hay que festejarlo?, un festejo implica toda una serie de esfuerzos y asumir un protagonismo tonto en donde el actor principal aparenta estar conforme con sus días vividos. El jueves que viene será mi cumpleaños número veinticuatro y veré desarrollarse toda la fastidiosa sucesión de actos predecibles.
Que mamá llegue a casa con mucha comida, una torta gigante y muchos platitos descartables, como si estuviera rodeado de amigos. Ella no se cansa de gestionar esa logística del preparativo cada año, omitiendo un dato fundamental: ¡no hay invitados para tanta comida!. A pesar de que se lo dije mil veces, no entiende que no puedo ser esa clase de gente, porque existen distintos tipos de gente. Esa gente normal que ni siquiera tiene que invitar a nadie porque sus conocidos van a la casa directamente, no pertenezco a esa clase. Ah, pero Fabi si, Fabián es el hijo perfecto. Le va bien en la facultad, tiene muchos amigos, le va bien en el trabajo. Lo que todo padre quisiera: un hijo intachable que trabaja y estudia. Mi hermano lo puede todo, y en ese engranaje perfecto por el cual funciona su vida entro yo, como un elemento más de su maquinaria productiva de excelencia.
No. Yo no tengo tantos amigos, pero igual no disfruto de ese momento en donde me cantan, me felicitan por ser más viejo. Si tuviera veinte amigos para invitar sería mucho peor. Es traumático que haya personas reunidas solo para mirarme fijamente, la incomodidad es lo de menos cuando lo más serio es que termino pasando verguenza. Las velas no se apagan o mi torpeza ocupa el papel principal provocando risas cuando ven cómo se derrama el agua de mi vaso, como se cae un plato al piso, como me sonrojo luego de algún accidente con las manos. El pensamiento me retuerce en vano porque la cosa es más sencilla, ya estoy grande para la torta, las velas, los saludos…
Después, viene el tema de los regalos. Siempre me regalan bebidas alcohólicas como si no supieran que no me gusta el alcohol. Por más que no sepan que regalarme, podrían esmerarse un poco más o bien no traer nada. A esta altura una botella de Fernet me parece una broma de mal gusto.
Si, ya se. Soy aburrido, pálido y agrisado. Las veces que salí con amigos, tuve que pedir una gaseosa no sin recibir todo tipo de críticas y sugerencias. Según ellos, la única manera de encarar a una mina es estando entonado. Las minas de boliche me dan terror, pero la verdad, tampoco tengo ganas de conocer a nadie. Estar al tono es algo que nunca tuve, no creo que un vaso de alcohol me abra las puertas del cambio. No tiene sentido conocer gente nueva si siempre me pasa lo mismo, y si tengo que cambiar para conocer gente nueva eso sería una farsa.
Al principio está todo bien, les presento a mi familia, les cuento mi historia, les abro la puerta de mi casa para que después me traicionen. Todos mis amigos me traicionaron de cierta manera, por eso prefiero no confiar en nadie. Hola y chau, ya no más entrega. Son unos ingratos, porque les he dado todo lo que tengo, sea mucho o poco.
Así que éste cumpleaños será como todos los otros, dos gatos locos comiendo torta. Espero que la semana se pase volando para que mi cumpleaños haya terminado lo antes posible, y entrar en ese estado de relajación lleno de alivio por haber cumplido con lo que se esperaba que hiciera. Me resulta orgásmico retirarme de los supuestos y refugiarme en la soledad.
La otra noche me encontraba estudiando en el escritorio. Capítulo cinco, más o menos por la mitad, pero el sueño era cada vez más intenso. Leía una palabra suelta, volvía a leer el párrafo anterior, pero no quería acostarme sin antes terminar la página doscientos doce. Cuando estaba a punto de dormirme me acordé de algo que creí inexistente, algo así como un recuerdo olvidado. Allí estaba cumpliendo años con una torta enfrente mío. La torta tenía una pista y sobre ella  se posaba un autito de color azul. Mis padres siempre se dedicaban a nosotros; no escatimaban en gastos para pasar un buen momento. Ese día habían decorado toda la casa con globos y guirnaldas de colores, estaba todo preparado para festejar. Un vestigio de esa ilusión que sentí aquel día me llegó como un rayo de sol sobre el cuerpo en pleno invierno, la ilusión y el entusiasmo.
El recuerdo era placentero hasta que  me invadió la sensación de pesadumbre: pasadas las tres de la tarde ninguno de mis amigos había llegado a la fiesta. Era mi cumpleaños y todos habían faltado, ¿por qué no fueron?, ¿tan mala persona era que ni siquiera me consideraban en el día de mi cumpleaños?.
El escritorio fue mi sostén absoluto cuando me iba ensombreciendo, como una llama que se apaga lenta pero definitivamente. Sabía que si me levantaba de la silla, si sacaba mis brazos del escritorio, caería al piso desplomado.
Mis padres estaban mal, tengo un recuerdo vago de ver a mi madre llorando y quejándose porque no fue nadie. Cuanto más me concentro en esa escena, acuden más y más imágenes. Papá estaba tan enojado que arrancó todas las guirnaldas violentamente y en silencio. Él se enoja de esa manera callada, temible. Mi padre maneja un silencio parecido al que antecede a las catástrofes climáticas, esa sordera rara que indica que algo terrible está por pasar. Aquel día solo rompió las guirnaldas, los globos y unos autitos que había hecho mamá con cartulina.  
Tal vez fue el silencio antes de dormirme lo que trajo este recuerdo a mi cabeza, ¿por qué lo olvidé si era tan importante?, puede ser que antes me gustara festejar mis cumpleaños y por esto que pasó empecé a odiarlo. De manera ingenua y hasta prepotente, me había olvidado de que mis amigos me fallaron desde niño. Ese fue el gusto amargo que sentí en la boca, una traición predecible, sabida desde mi niñez y asumida como destino.
A la mañana siguiente me desperté pensando en ese horrible momento íntimo en mi escritorio, donde recordaba cosas del pasado pero que traían imágenes tan vívidas que me costaba distinguir entre ese cumpleaños y el del jueves próximo, número veinticuatro.
Tan alterado me dejo aquella reminiscencia que apenas me encontré con mi madre le pregunté si se acordaba.
—Anoche recordé esa vez que nadie fue a mi cumpleaños, papá se enojó y rompió los adornos, vos llorabas.
—Ah si, pero eso fue hace mucho tiempo hijo, ¿por qué no valoras el presente? —Dijo mi madre sin levantar su mirada de las tazas blancas que estaba secando.
—¿Cuantos años cumplía ese día de la torta con el autito azul?, no pude recordar si eran cuatro o cinco años. —Algo en ese recuerdo no me  cerraba, seguramente era el hecho de que faltaba saber la edad exacta que tenía en aquel momento.
—Era tu cumpleaños número cinco, eras tan chiquito mi amor, ¡y nosotros tan jóvenes!.—Exclamó mamá entrando en una especie de nostalgia inaudita. Pero corroborar que tenía cinco años cuando quedé solo el día de mi cumpleaños no era suficiente para calmar un extraño impulso de saber, saber algo, saber lo que pasó, saber lo que olvidé.
La cara opaca de mi madre sumado a un gesto de negación con la cabeza me hicieron querer ir más allá.
—Mamá, ¿Por qué estás así? ¿Tanto te molestó que no fueran los bobitos del barrio a la fiesta? ¿o acaso estás recordando algo más de esos años?—Un presentimiento  empezaba a inundarme de a poco, ahora tenía la certeza de que no lo había recordado todo, aquella noche, casi dormido.
Al cabo de unos segundos, mamá se desarmó en llanto dejando las tazas y el repasador húmedo sobre la mesada. El momento era tenso, no sabía si consolarla (como siempre me tocaba hacerlo) o amenazarla para que responda y fundamente su cambio de humor.
—No hay que revolver la mierda Esteban, el pasado no se puede cambiar. —Dijo mi madre entre sollozos y palabras desprolijas. Antes de que llegara a la habitación, tuve que frenarla, ella tenía que terminar de decir lo que mis sensaciones me daban a entender. Tuve ganas de golpearla pero solo me limité a tomar su brazo derecho.
—Decime ya que fue lo que pasó, ¡Qué nos pasó mamá!.
—Eras muy chiquito para comprender, fue una semana antes de tu cumpleaños número cinco. Volvíamos del jardín, ese día me llamaron para que te retire antes porque te dolía el estómago. Pedí permiso en el trabajo y fui a buscarte lo más rápido que pude. Cuando entramos a casa—otra vez mamá rompe en llanto y se dirige hacia una de las sillas de la cocina. Como ella hablaba, me habían bajado los decibeles, solo era cuestión de unos minutos y ella me diría todo.
Le serví un vaso de agua fresca de esa jarra que siempre está en la heladera, naranja, avejentada, insulsa y sin belleza, de bazar barato, de casa de familia típica. Me senté a su lado, bien cerca para que no pudiera escaparse de mis oídos nada de lo que fuera a decir.
—Hijo querido, cuando llegamos a casa tu padre estaba revolcándose en el sillón con Luchi. Por favor te pido, no exijas detalles porque no se si puedo seguir recordando más. Nada menos que eso, tu padre me engaño pero pensé que ya lo habías superado. Yo lo perdoné, decidí seguir con él, después llegó tu hermano Fabi y todo anduvo mejor.
—¿Quién era Luchi? Alguien del barrio seguro —Ya estaba más calmado, aunque asombrado por un olvido semejante, ¡yo que pensé que mi viejo era un tipo ejemplar!, que tontería es creer en lo que los demás te hacen creer en la niñez.
—Luchi fue la primer niñera que tuviste, una chica jovencita muy dulce con vos, pero desubicada. Con decirte que por varios años le mandaba regalos a tu padre por su cumpleaños, siempre lo mismo, una botella de whisky. Es por eso que yo no permito que tu padre tome whisky. El día de tu cumpleaños, yo no se porque decís que no fue nadie. Recuerdo que te adornamos todo, el comedor estaba hermosamente decorado. Me quedé sin platitos porque vinieron más de lo que calculamos.
—No puede ser, si yo me acuerdo perfectamente que papá rompió todo y que no había nadie en casa, solo nosotros tres.
—Podes ver las fotos que están en la casa de la abuela, y vas a saber que tu cumpleaños cinco fue muy lindo y que estuviste rodeado de amigos. Eso que te acordás, que papá rompió todo fue por la noche, cuando le dije que si no dejaba a Luchi le pedía el divorcio. El caradura se enojó pero no con vos, conmigo hijo, conmigo.

Una enorme tranquilidad me hizo aflojar el cuerpo, los músculos, la cara. A pesar de lo que mi madre había dicho, me sentía pleno, tan pleno como cuando fuimos a veranear esa vez a Chapadmalal con mis primos, que yo corría por la playa libre, suelto, feliz. Luego de darle un beso a mi madre, una forma hacer las paces con ella, me fui al escritorio que parecía esperarme de brazos abiertos. Sentí que me había perdonado a mi mismo por el olvido y que podía ponerme a estudiar durante largas horas.
El libro estaba marcado con un lápiz, en el capítulo cinco, en la página doscientos doce. Allí había quedado detenido anoche, en el cinco, en el dos más uno más dos es igual a cinco, en que doscientos doce es el capicúa del cinco, en que yo tenía cinco cuando mi padre traicionó a mi madre, en que desde los cinco odio mi cumpleaños. Por un enigmático motivo, no le tuve bronca a papá, sino al hecho de cumplir años. Durante mucho tiempo le tuve bronca a esa imagen absurda de mi mismo soplando las cinco velas como si todo estuviera bien cuando no lo estaba, no para mi.
Puede que mis lapidarias autocríticas no hayan tenido sentido, puede que lo único que tenga sentido sea saber que no soporto la farsa, las apariencias, los secretos, el hacer “como si nada”. La verdad lo cambia todo, la verdad me cambia todo. A fin de cuentas lo absurdo no soy yo festejando, ahora ni siquiera puedo decir porque  creo que pasé vergüenza todas esas veces que volqué algo en el piso, algo que puede pasarle a cualquiera. Un accidente por torpeza no es lo mismo que la insistencia de la memoria.
Puede que deje de tener esa sensación aletargada se ser alguien absurdo, aburrido, agrisado. Lo único absurdo fue ser esclavo de un número, el cinco, cuyo capicúa es el doscientos doce de esta página que, por fin, voy a poder terminar de leer.