jueves, 8 de mayo de 2014

Latitud del recuerdo

Al mediodía tuve que agarrar la almohada que usabas y recostarme sobre ella sin pensar en nada, el perfume que quedo cuando dormías fue mi manto y la cuota diaria de supervivencia. Ya son las ocho de la noche y sigo esperando que las horas no transcurran, es decir, que el ciclo del planeta se corte y la tierra deje de girar. Solo quisiera descansar de todo lo que tengo que hacer, cosas que hago al modo de una marioneta sin alma propia.
Ese lavarropas infernal ya no hace ruido, y el solo hecho de saber que tengo que colgar una ropa que no es tuya me da palpitaciones. Sé que voy a terminar en el patio, con la cara congelada y la mirada perdida en un punto lejano que se va descompletando.
Ya me lo dijeron, es infructuoso salir al patio y pretender que cuando vuelva a entrar a la casa estés desparramado en el sillón como solías hacerlo a esta hora.
Sin embargo, en la oscuridad de la noche, espero que grites mi nombre y me preguntes donde deje esto o que hice con esto otro. Pero solo se oye el sonido que hacen mis manos cuando cuelgo mi ropa húmeda en la soga.
Seria, cansada y con el gesto apretado, ya no recuerdo que hice ayer, o cuándo fue la última vez que las cosas sucedían sin tanto esfuerzo. Cada idea está contaminada de emociones tóxicas que van dejando esas imágenes nuestras cuando pasan. No hay remedio que me libere de esas fotos mentales que te traen hacia mí sin cesar.
A pesar de todo, a veces duermo. Los sueños son siempre inquietantes  y al despertar, lo único que encuentro es el silencio y la quietud de estar sola.
Solo puedo sostenerme de una imagen desgarrada en donde hacíamos todo juntos. Ni siquiera puedo volver a ver esa foto tuya que está debajo de un folleto, adentro de mi agenda. No quiero verte si no vas a estar, y a la vez, no dejo de verte parado al lado del teléfono buscando algún papelito de esos en donde yo anotaba todo, o caminando por la casa buscando cosas para ordenar. Pero ya no me hablas, ya no puedo tocar tu pelo dorado ni observar cómo tus pestañas danzan al verme entrar.
Al final del día, mis ideas se manchan de preguntas sin sentido, sin destinatario, ¡como si no supiera la respuesta!. Son saberes que agrandan esta herida abierta y hacen que el tiempo se derrame sin cesar como agua entre los dedos.
Extraño hasta las realidades calladas, y esos roces en el cuerpo cuando uno iba para la cocina y el otro para el comedor. Montaña rusa entre un amor sin límites  y el odio más profundo, porque me dejaste y habíamos dicho que nos íbamos a ir juntos.
Aunque siento que hablo en una lengua muerta, por lo menos hablo.
El tiempo ha pasado, pero aun así mis párpados se siguen cerrando para amortiguar el golpe. Recuperarse, levantarse, seguir con mi vida, siempre me dicen ese tipo de cosas. Que saben ellos de mi dolor…
Quiero desafiar el dicho popular que dice “todo pasa”, todo pasa menos vos. Vos y también lo que yo era cuando estaba a tu lado.
Los días se van sin que yo pueda registrar ningún momento importante. Se cortó el hilo que me hacía levantar cada día. Aunque me quejara y no quisiera hacer de comer, yo estaba con vos y eso era suficiente para sentirme viva. Hablo de esa felicidad de tenerte conmigo, de saber que tenemos planes, que una vez al mes vamos a ir al cine y una vez por semana iremos a cenar. Una felicidad cotidiana, imperfecta pero eficaz, que empecé a sentir desde el primer día en que nos conocimos.
Tan cerca estaba de cambiar mi vida que la primera vez que dijiste que me amabas me pareció una broma del destino, o un resarcimiento por todo lo que me había tocado vivir. Aquel día, el sol rodeaba tus pestañas haciendo que tu cara se acercara a mí en tres dimensiones. Yo permanecía con las piernas cruzadas, como si estuvieran atadas al banco de la plaza. Ya en aquel entonces, tenía miedo que mis piernas se soltaran  prescindiendo del resto de mi cuerpo, para abrazarte eternamente y jamás dejarte ir.