jueves, 30 de julio de 2015

El amor y sus efectos

Muchos peligros acechan la vida humana. De todos ellos, el amor es uno de los más temidos.
Algunas personas experimentan el amor muy temprano en sus vidas, y otros lo conocen más tarde. En algunos casos, las personas tratan de evitar la contingencia del amor de todas las formas posibles para no sufrir sus efectos.
¿Cuáles son estos efectos?
1-      Cuando uno se enamora, el modo de apreciar la realidad cambia. El mundo se ve con otros ojos, tal como canta Pablo Alborán “haces que mi cielo vuelva a tener ese azul, pintas de colores mi mañana solo tú”.
2-      Este “solo tú” es el segundo efecto del amor. Es la demanda de exclusividad: Only you, tal como dijeron Los Plateros. El enamorado cree que su amado es la única persona con la que quisiera y podría estar en ese momento.
Aquí se sitúa esa selección inconsciente (por lo tanto, involuntaria) en donde el objeto elegido resulta ser imprescindible.
3-      El tercer efecto es el desvalimiento. El enamorado se siente en peligro permanente de ser dejado, sustituido o abandonado por ese objeto que tanto ama. Por el solo hecho de amar, la persona queda expuesta ante el otro, y tiene la sensación de que este otro tan esencial, puede hacerlo feliz o inmensamente triste.
Claro que este desvalimiento solo es vivido si el amante acepta lo que le pasa, haciéndose cargo de sus sentimientos, cosa que no siempre ocurre.
Cuando se aceptan los sentimientos que uno posee, las inseguridades son inevitables. Por eso en muchos casos, se resigna un gran amor para no sentir esta incertidumbre, y se prefiere elegir otro amor menos deseado pero más seguro y confiable en este aspecto.
4-      La proyección es el cuarto efecto del amor. Todas las carencias que tiene el enamorado son depositadas en ese otro que ama. Será él o ella, quién dará una solución a esas carencias y necesidades.
El objeto amado es localizado en un lugar especial, por lo cual cada vez que ese lugar sea desalojado, le seguirá el dolor y la sensación de vacío existencial. Muchas personas llenan ese vacío interponiendo un objeto atrás de otro para no sentir el dolor de la pérdida. Pero hay que resaltar que es un mérito el hecho de disponer de un lugar así, ya que no todos pueden darle ese lugar fundamental a alguien.
Una consecuencia de esta proyección, es la íntima sensación de correspondencia y complementariedad con el amado. Tal como dice Sergio Denis “yo soy la aventura y tú la realidad”, así surge la idea del complemento, la creencia de que hay un equilibrio entre el ser del amante y el ser del amado.
Esta simetría se sostiene de la diferencia, a veces extrema que permite andar juntos sin competir el uno con el otro. Sin embargo, algunas personas prefieren la igualdad en sus objetos de amor, que el otro sea un calco de uno, o bien una especie de fan de lo que somos, de modo que con su admiración asegure la satisfacción narcisista que tanto cuesta conseguir por otros medios.
Por todos estos efectos (y algunos que no se mencionan aquí) es peligroso enamorarse. Como mínimo hay que decir que es algo arriesgado, ya que la cosa puede salir bien o mal en lo que atañe a la correspondencia amorosa.
Existe toda una serie de matices respecto a la correspondencia, y ni la mayor reciprocidad amorosa puede garantizar que suceda lo mejor del amor: el acto. En relación al acto de amor, John Lennon canta “Amor es saber lo que podemos ser”.
El acto de elegir estar juntos no depende solo de que el amor sea correspondido sino también de la capacidad que tenga cada uno de tolerar los riesgos que sus sentimientos implican como así también respetar a ese otro que tanto se ama.
Porque en el caso más feliz, donde si hay amor recíproco, ¿qué se hace con esa correspondencia?. Cada quién encontrará una respuesta que puede ser constructiva, destructiva o neutral respecto a los hechos futuros.
De este modo, todo acto amoroso involucra una apuesta. Sea cual sea el resultado obtenido, estar dispuesto a arriesgarse en el amor vale la pena.




jueves, 2 de julio de 2015

Los paseos con la abue

El sonido de vajillas moviéndose la empezó a despertar.
Había dormido perfectamente, siempre disfrutaba de la esponjosa cama de su abuela. Al abrir los ojos pudo ver a la abue acercándose con su sonrisa celestial.
-Buen día mi amor, ¿te voy haciendo la leche?
-Hola abue, si. ¿me haces una chocolatada?
-Bueno. Le digo a tu abuelo que te compre unas facturitas mientras vos te vestís. Contestó la abue con voz satisfecha.
La abue acarició la cara de su adorada nieta mayor y se fue a calentar leche.
Pupi ya tenía trece años, pero seguía yendo de su abuela a dormir como cuando era más pequeña. Cada vez que iba, era como ir de vacaciones, que le dieran todos los gustos, todos los mimos posibles.
Luego de tomar el exquisito desayuno, se pusieron a charlar.
-Carlos - dijo la abue con cara seria- ¿te olvidaste que a la nena le gustan las facturas de dulce de leche?.
El abuelo la miraba sorprendido desde la punta de la mesa.
-Me pensé que quería de crema, si querés voy a comprar más
-No abuelo, no hace falta – dijo Pupi entre risas –
-Dejá que ahora vamos a hacer los mandados y si nos dan ganas compramos. Dijo la abue sin dar tantas vueltas.
Así la abue cerraba la charla. No andaba con titubeos, era una mujer fuerte y decidida. Ella podía ser muy prohibitiva a veces, pero tenía mucho amor para dar.
Hacer los mandados no era específicamente eso, era un verdadero paseo por las nubes. Mientras se preparaban para salir, el corazón de Pupi se llenaba de júbilo, como una flor cuando se abre ante los rayos del sol.
Primero, la abue buscaba el bolso de rayas rojas, Pupi tomaba nota  de las cosas por comprar. Luego emprendían el recorrido por los negocios del barrio. Aunque los negocios y la gente ya eran conocidos, cada paseo era único e irrepetible.
El pasillo que había que atravesar para salir a la calle, siempre había tenido esa calidez que pocos pasillos tienen. Era una especie de sendero florido, bastante ancho para ser pasillo, bastante angosto para armar una mesa y comer allí en navidad. A pesar del tamaño, el pasillo era el escenario de algunas fiestas, muchos juegos y guerra de bombuchas cuando era carnaval.
Pero había algo mejor. El pasillo escondía una de las mayores satisfacciones de Pupi: con un palito de escoba rozaba los agujeritos de la pared para que se asomen las arañas. De generación en generación se iba transmitiendo el juego de molestar a las arañas, porque había distintas técnicas para hacerlas salir de sus cuevas. Solo los mayores, que tenían más experiencia, se animaban a meter palitos en las cuevas grandes. Podían pasar horas enteras tocando cada uno de los agujeritos hasta que las arañas salían y allí se armaba el desparramo, todos corrían gritando y riendo como locos.
El trayecto hacia la zona de los negocios no era muy largo pero les llevaba horas enteras. Iban a paso lento, saboreando cada baldosa. En si misma, la baldosa no hacía el cambio por supuesto, la cuestión se volvía mágica porque estaban juntas. Tomadas del brazo, contemplaban el entorno que parecía sonreírles, como si el barrio les diera una gran bienvenida llena de ruidosos aplausos.
No se podría decir cuánto tiempo llevaba hacer los mandados, pero es seguro que mientras Pupi lo vivía, tenía la impresión de que el tiempo se expandía como un abanico, labrando hermosos recuerdos.
La abue paseaba por las callecitas portando su mirada orgullosa, y de cuando en cuando profería alguna crítica sobre un vecino, o sobre los productos de algún negocio. 
Ambas charlaban acaloradamente entre un vecino y otro que se acercaba para saludar. Aunque los vecinos ya conocían a Pupi, la abue siempre repetía por las dudas, para que nadie lo olvide: “esta belleza es mi nieta mayor”.
Vaya a saber porque se amaban tanto, una abuela con su nieta. En el barrio sabían de la magia de ese dúo que caminaba por las calles con total encanto y gracia.
La abue sentía que Pupi embellecía las calles con su hermosura, y Pupi sentía que la abue era una reina querida y admirada por todos. Sabían que hacer con el tiempo, cuando llovía, sabían de que hablar en todo momento, sabían estar juntas.
Una vez terminados los mandados, comenzaba la hora de cocinar. 
Pupi nunca dejó de sorprenderse ante la habilidad y destreza de su abue para la cocina, le resultaba asombroso que un bollo dentro del bolso con rayas se transformara en un suculento almuerzo.
Pero hasta el día de hoy, Pupi no puede discriminar que era lo que más disfrutaba de su abue, es que con ella todo era mágico e imprescindible.
Tal vez, nunca se sepa porque se amaban tanto una abuela con su nieta. Es como si Pupi le hubiera preguntado a su abue por que le gustaban tanto las rosas...
Tal vez no exista una única razón. Es lo que ocurre con las cosas más interesantes de la vida, y más aún si estas cosas son cosas mágicas.



La dama de blanco


Si seguía leyendo probablemente terminaría desmayada. El grado de estupor fue tal que luego de guardar el montón de cartas en el cajón, seguía viendo el nombre de quién firmaba las cartas, “Florencia”, una y otra vez.
Sabía que ese cajón escondía algo importante que Matías no había querido mostrar. Sabía que la relación, que tan bien andaba, se iba a empañar con algo, solo era cuestión de tiempo.
Había leído muy rápido, pero lo fundamental quedó amarrado en su memoria. Decir que estaba celosa era poco, más bien estaba ida, tenía una furia insólita en ella.
Tan terrible era darse cuenta que otra mujer había tenido a su amado… Que ingenuidad pensar que era solo para ella. Lo más punzante fue pensar que no era suficientemente bella, inteligente, adinerada como la tal Florencia, por lo que su letra dejaba traslucir, era una mujer perfecta para su novio. Incluso no podía imaginarse las razones que motivaron la ruptura entre ellos.
Se paraba y se sentaba, giraba y luego caminaba de un lado al otro, tenía unas ganas imperiosas de irse de ahí, pero primero debería llegar su novio, abrirle la puerta. Se suponía que dedicaría esas dos horas al estudio…
-Que haces amor, ¿todo bien?. Dijo Matías al llegar, con la menor preocupación.
Soledad no podía ya aguantar sus emociones dentro del cuerpo
-No, todo mal, encontré las cartitas de tu amada. Se ve que las guardaste, ¡por algo será!.
-¿que cartas? ¿Que amada?
-No te hagas el desentendido, tenes un monton de cartas de amor, fotos y esas cosas en el último cajón. Abrime la puerta que me voy.
-Ahhh… ¿las cartas de Florencia?. Pero eso fue hace mucho tiempo linda, las guarde como recuerdo, nada más.
-Bueno, te la hago cortita: o tiras las cartas o no me ves nunca más.
Matías se rio con cierto nerviosismo. Le gustaría conservar esos papeles porque Florencia lo había acompañado en muchas experiencias. Pero la expresión de Soledad, le indicaba que solo había una opción.
-Bueno, no hay problema. Las tiro todas. Ahora las tiramos a la basura.
Soledad respiró más fácilmente. Por un lado, fue una respuesta que le gustó escuchar. Aliviada, empezó a bajarle la temperatura. Era lo que había que hacer, pero tal vez era un poco injusta.
Matias podría ir a su casa y revisarle la caja verde, que más que verde era la caja negra. Allí guardaba algunos diarios en donde relataba sus historias de amor con distintos hombres. Si llegara a ver todo eso, de seguro quedaría sola.
Después de todo, las de Florencia eran cartas inocentes excepto una, una que estuvo a punto de provocarle una descompensación estomacal.
Luego de tirar la bolsa llena de cartas a la basura, se despidieron con un beso.
Dispuesta a tomar el colectivo rumbo a su casa, una corriente nerviosa comenzó a recorrerla íntegramente. Porque algunas cartas, no había podido leerlas y lo mejor sería leerlo todo, saber detalles, fechas. Podría averiguar más de Florencia, donde vive, que hace y esas cosas.

A lo lejos, y entre los hilos de sol que se le escabullían a través de sus lentes, vio acercarse el colectivo que tenía que tomar. Desde la parada, podía ver aún el volquete en donde habitaban las cartas y esos segundos resultaron tortuosos, porque quería correr hasta el volquete, sacar la bolsa y llevársela a su casa para hacer una especie de autopsia, investigación del pasado amoroso de Matías. Pero Soledad no era una loca, tenía dignidad suficiente como para evitar meterse dentro del tacho de la basura.
El colectivo ya estaba a sus pies, y con una mirada parecida a la de un niño que observa el juguete que desea a través de la vidriera, se despidió de la bolsa de cartas.
De inmediato abrió el cuadernillo de anatomía para avanzar un poco, ya que había perdido toda la mañana revisando los cajones de Matías, una verdadera tontería si lo pensaba dos veces.
Al cabo de algunas semanas, la tormenta había pasado, Las cosas volvieron a la normalidad y el buen trato entre ellos. Nuevamente gozaba de esa comodidad que solo la costumbre puede brindar.
Los celos se apaciguaron y siguió su vida sin mayores molestias.
Esa noche se había dormido enseguida, sin leer ni mirar nada. Después de cursar tres materias en la facultad, llegaba tan cansada que no había preámbulos para dormir.
A mitad de la noche, un ruido tosco la despertó, como un golpe.
Entre las sombras, sobre la puerta de su dormitorio, se esbozaba una silueta que le costaba determinar con la vista. Para cerciorarse de que estaba despierta, se incorporó en su cama.
La silueta comenzaba a tener contornos más nítidos, de color blanco brillante, se dejaba ver una mujer alta, de pelo largo y lacio que la  miraba fríamente.
Muy asustada, comenzó a temblar. No se animaba a dirigirle una palabra, era intimidante. La mujer de hermosas curvas llevaba un vestido largo, tenía todas las características de un vestido de novia que se movía lentamente como si alguien lo estuviera soplando.
Ya no podía pensar con claridad, solo quería que esa dama de blanco dejara de mirarla fijamente. Temía que al estirar el brazo para prender la lámpara de metal, la dama avanzara hacia ella para matarla. Disimuladamente con la destreza de un cirujano, comenzó a estirar su brazo para apretar la perilla de la lámpara, tratando de no mover ninguna otra parte del cuerpo.
Lo último que vio antes de que la luz se encendiera, fue que la mujer era transparente, a través de ella podía ver la puerta de madera.
Al llegar la luz, la dama ya se había ido. 
Apretando los labios pensó <ella es Florencia>.
Después de eso, ya no podría volver a conciliar el sueño. Con la luz encendida y el cuerpo inmóvil, tuvo que prometerse a sí misma que jamás volvería a revisar cajones ajenos.











Cerca de Dios

Cerca de dios

“Dios es un concepto por medio del cual medimos nuestro dolor”
John Lennon

No soy religiosa. Las religiones exigen un compromiso que nunca pude tomar. De chica fui a catecismo y tomé mi primera comunión, pero de ahí en adelante no mantuve un contacto con la iglesia.
Sin embargo, esos aprendizajes de mi infancia han dejado su resto, cada vez que siento ganas rezo, cuando me siento sola o triste sobre todo.
Recuerdo cómo retumbaban las voces en la iglesia, algunos jóvenes cantando canciones con hermosa melodía y al párroco elevando sus manos hacia el cielo.
De chica tenía un saber teórico sobre la biblia, sobre dios. Incluso después, no había tenido un momento o una situación en donde dios se hubiera vuelto palpable de alguna manera. Era una entidad superior que lo veía todo. Con esa concepción viví muchos años hasta que descubrí lo que era estar cerca de dios.
Nunca estuve más cerca de dios que en aquel momento cuando Victor tomó mi mano y la sostuvo entre las suyas, por algunos minutos que parecieron años.
Eso, abrazarlo era como estar cerca de dios porque con él, podía ver mi vida desde arriba, porque todo era claro y luminoso con él.
Lo conocí de la forma más común y menos romántica que existe: en un ómnibus. Su caballerosidad me dejó perpleja, no estaba acostumbrada a ser tratada de esa manera. Desde ese momento en que Victor tomó mi mano, supe que era mi turno de ser feliz.
Reconozco que tenía ansiedad por contarle a todo el mundo que estaba de novia. Es que nunca había presentado a nadie, y mi familia pensaba cualquier cosa sobre mí. Para esta altura (veintiocho años) se supone que debería tener novio, pareja o algo. A mí no me gustaban las mujeres, simplemente no había tenido la suerte de cruzarme con Víctor.
Lo nuestro fue a primera vista, y quería gritarlo a los cuatro vientos.
Cuando empecé a informar de mi situación sentimental, pude notar cierta envidia. Hasta mi madre se puso un poco celosa, no le gustaría que abandone la casa porque quedaría ella sola con papá. Al menos eso dijo.
Lo que pasaba era una convergencia entre él y yo, porque mi alma se ponía enfrente de la suya, algo así como una fusión que jamás había experimentado.
En vez de ser algo pecaminoso, profano, fue lo más sagrado y sublime que pude experimentar en toda mi vida. Fue la experiencia más completa que he vivido.
Todos los elementos parecían armar un cuadro nuevo que no podía dejar de contemplar. En vez de ser dos cosas antagónicas que se juntan, eran dos deseos que chocaban arrastrando todo a su paso.
Dos amores, dos emociones, dos recuerdos…y eso atraviesa la vida y la conmueve seriamente.
Tuvimos varios momentos de este tipo, encuentros únicos, uno atrás del otro, como si se tratara de recuperar el tiempo perdido. Él tampoco había conocido algo igual.
Yo que siempre quise ser su estrella, su sueño, su pensamiento, hoy la vida me lo devuelve con su presencia, sus declaraciones y señales de todo tipo.
El universo emite señales constantes para que no me equivoque de rumbo, el universo me exige que le haga un lugar a esto de una vez por todas, es un deber.
Por más que Victor sea algo mayor, es el hombre que amo. Amor de película, amor de mi vida…el es tan…es tan…es tan para mí.
No quiero pensar en lo que pasó ayer.
Estoy segura de que fue un error. Tal vez, estaba algo mareada y vi cosas que no son reales. De chica una maestra me había dicho que yo tenía tendencia a imaginar mucho.
Yo salía del trabajo y emprendía el regreso a mi casa. No me di cuenta de que estaba caminando por “nuestra” cuadra, la calle en donde nos conocimos.
 De repente lo vi a Victor en la vereda de enfrente. Y claro, lo saludé estirando mis brazos y gritándole ¡Hola mi amor!. Pero él no respondió. Giró su cabeza y aceleró el paso.
Me quedé atónita, no fue porque no me contestó (él suele hacer eso), si no porque estaba acompañado de una bella mujer rubia de pelo largo que llevaba un cochecito doble, para mellizos. <Será la hermana o la prima>, pensé.
Pero cuando vi que ella lo tomó del brazo, entre una caricia y otra, quedé estupefacta. Comencé a gritarle, tuve que empujarlo para que reaccionara.
-¿Se puede saber que haces con esta?
-Perdoname, pero yo no te conozco. Te pido más respeto porque ella es mi mujer- Dijo Victor sorprendido.
-Como que no me conoces, si somos novios hace seis meses.
La mujer de Victor, comenzaba a impacientarse hasta que tuvo que intervenir
-Victor,¿vos me engañas con ella?
-Pero no mi vida, ¡esta chica esta loca!. Nunca tuvimos nada. La vi una sola vez.
Dijo Victor rápidamente.
Analía lloraba y no podía entender lo que ellos decían.
-Victor, ¿te acordas cuando nos conocimos?
-Si claro, yo te ayudé a subir al ómnibus porque vos tenías un yeso en la pierna y te costaba.
-Ay! Que bueno que te acordaste. Si, fuiste tan caballero… sos mi gran amor.
-No, mirá, yo soy un caballero pero no soy tu enamorado. Me parece que te confundiste. Entre vos y yo, no hay nada y nunca lo hubo.
Victor no sentía nada por ella, solo se habían cruzado en un ómnibus y él la había ayudado a descender. Ella había leído todo a su gusto. Hacia encajar cada señal en un sistema perfecto.
<Volvieron las alucinaciones. Estoy imaginando que él está engañándome con otra>, pensé mientras me alejaba de la escena para que se calmaran las aguas.
Pero sabía que no me tenía que poner a pensar en eso que pasó ayer, ahora me siento triste. Ya no sé cuál es la verdad, necesito dormir un poco. Cuando me despierte voy a ver las cosas más claramente.
Seguro que Víctor recapacita y me viene a buscar, yo sé que me ama de una forma superior. Y a esa rubia, le conviene que vaya desapareciendo…
Sigo pensando que todo lo que estaba desagregado se fue juntando para formar algo superior, ¿no es esta una forma de estar cerca de dios?.



El péndulo






“…mi estrategia es que
un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites”.


Mario Benedetti. Táctica y Estrategia.

Luego de colgar el teléfono con cierta violencia, se recostó en el sillón por un buen rato. El sol de las seis de la tarde emprendía su lenta retirada, y volver a escuchar esa música nunca era buena idea.
Que sonara el teléfono otra vez, para escuchar esa voz que era una música a medida. Música que solía dejarle un sabor amargo. ¿Demasiado?. Nunca bastaba, entonces ¿cómo podría ser demasiado?.
Lo cierto era que él no cantaba ni en la ducha, era ella la que transformaba palabras vacías en palabras llenas; un dicho como cualquiera era escuchado como canción de amor.
Ella proyectaba sus mayores sueños en ese cuerpo, y era la altura que alcanzaba la satisfacción lo que le provocaba semejante miopía a partir de la cual todo lo demás resultaba mediocre.
No era fanatismo, ya no tenía edad para esas tonterías.
La situación emocional consistía en un descubrimiento, como eso que uno siente al encontrar un papelito adentro de un bombón que dice “deseo cumplido”. Como los bombones, toda satisfacción por más intensa que sea tiene su fecha de vencimiento. Que las letras sean pequeñas no implica que no sean legibles.
Normalmente era una persona activa, para no decir hiperactiva. Pero los altibajos, las preguntas y esa intuición empecinada terminaban por consumir la mayor parte de su energía.
Fervientemente, pensaba que con él estaba arriba y que sin él estaba abajo. Down, bajón, mediocridad de estar abajo.
A la vez que quería la paz mundial, también quería una guerra. Odiaba esa patética postura que había tenido que asumir. Postura de loca, loca de amor digamos. Por más inteligente que hubiera sido antes, era seguro: ya no estaba en sus cabales.
Todo el mundo podía observar cómo su discurso trastabillaba incansablemente, como le había dicho la tonta de la amiga de su hermana “Ay Mari! ¡No parás de hacer lapsus!”. <¡Quién se cree que es!, aparte no tengo la menor idea de lo que es un lapsus>, pensó al fruncir el ceño. Tampoco le quedaba ánimo como para saber que era un lapsus y porque le pasaba eso. Como si pudiera cambiarlo…
Mari lo reconocía con resignada aceptación: su vida se regía por un movimiento pendular que, como todo péndulo, no iba para ninguna otra parte que a un lado o al otro.
Conocía muy bien lo que era estar en la tierra y en el cielo, en un lado o en el otro era lo mismo. Porque el dialogo siempre empezaba y terminaba de la misma manera, con la misma abertura hacia lo indefinido, esa indeterminación patética.

-Ya lo sé, y ¿entonces?, ¿A vos que te pasa conmigo? -Insistía Mari, como siempre.
-Nada. O sea, te quiero pero vos te mereces algo mejor que yo -Contestaba él como si le hablara a una pared de vidrio.
-Pero yo te amo, Leo -Ella sentía que lo amaba a pesar de todo. Su cuerpo se iba aflojando con cada palabra de Leo.
-Alejarnos es lo mejor para todos.

Con esas últimas palabras, Leo sellaba toda posibilidad. Y sucedía, Mari rompía en llanto y pensaba que jamás se recuperaría de ese pesar. Como cuando el médico se dirige a la familia expectante de un enfermo y profiere esas temidas palabras “hicimos todo lo posible, pero no hubo una respuesta favorable y ya nada se puede hacer”.
Este diálogo resonaba en su cabeza como un dictamen absurdo y sádico. Retornaba, una y otra vez sin que tuviera control alguno sobre esto. La voz de Leo aparecía como de repente mientras ella hacía las típicas cosas que hace cualquier persona, y así podía escuchar algunas palabras dichas que no lograba entender.
La cuestión es que ya era una mujer grande, no podía estar en su casa parasitando a causa de su amor.
Para recuperarse rápido la técnica de recordar solo lo que conviene siempre daba sus frutos. Mari se quedaba con ese mísero “te quiero” que había salido de la boca de Leo. De esa forma podía seguir con sus actividades normales.
Esas contestaciones de él, la frase sentencia “ya fue”, eran un alambre de púa incrustado en su destino. Siempre fue partidaria de las cosas simples y los juegos de mente, pero esto ya era el colmo.
Por algo sería, que Leo disfrutaba mucho de jugar al truco, claro estaba: era un excelente jugador de la mentira y la apariencia.
<Hubiera jurado que me quería,  que buen actor>. Volvió a pensar Mari.  <Deberían darle una medalla por venderse tan bien y relacionarse con los demás mostrando su carisma. Ángel, dicen. Tiene ángel>.
De Mari, no decían lo mismo. De ella decían que era divina e inteligente.
Ya era hora de levantarse del sillón, si llegara a quedarse allí por más tiempo terminaría hundida entre los almohadones.
De un solo golpe se puso de pie, y hasta le pareció divertido marearse un poco. Mientras buscaba la toalla para refugiarse en una ducha caliente, no pudo evitar pensar que tal vez todo salió mal porque ella era una mujer demasiado verdadera. La cuestión irremediable era que no tenía ángel.
La obviedad caía por su propio peso, el hecho de ser una mujer divina, inteligente y bella, no le alcanzaba para poder estar con alguien como Leo; del cual se dice “tiene ángel”.
-¿Quién es la mujer que puede estar con alguien así?. ¿Existe?, ¿Quién es?. Si supiera quién es la mataría- dijo murmurando.
La realidad volvió a tomarla entre sus cuerdas afinadas y pudo decir en voz alta:
-No, esa mujer no existe. La mujer que parece completa, enseguida deja de causar efecto. Porque detrás de esa aureola angelical, maternal ¿que hay?: hay nada.
Mari se iba acostumbrando a los cambios de humor cada día más, pero más que estar enojada con Leo, estaba furiosa consigo misma por haber caído. Fall in love…sin poder levantarse de nuevo.
La carta, que pretendía ser la última que le escribiría a Leo, fue pensándola mientras se enjuagaba el pelo lleno de crema. El aroma de frutas del acondicionador de pelo la conectó con sensaciones de paz y voluptuosidad.
Ni siquiera pudo cambiarse, ya que tuvo que correr a la computadora para escribirle:

Te espero en las profundidades de la vida. Debajo del universo, los relojes y las brújulas; donde es imposible distinguir entre el día y la noche, el frío y el calor. Aquí abajo no hay tiempo, solo hay imagen. Una imagen que aparece por impulso entre mis ojos, horus de ensueño. La imagen en donde estoy de espaldas a mi misma y vos me abrazas tan fuerte que ya no se puede imaginar nada después de eso. Tan cerca que podía sentir los latidos de tu corazón galopar sobre el mío, con insistencia y osadía, como invitándome a bailar su ritmo.
Pero yo no soy así, soy más lenta, menos apasionada, más constante. Vos necesitas a alguien que se lleve bien con los bordes del abismo, y pueda convivir con la vida y la muerte, que pueda soportar ser amada sin  ser deseada.

La misma corriente cálida que la había obligado a escribirle la llevó a presionar Enter. Vio que la casilla de e-mail le daba una última oportunidad para redimirse y deshacer el mensaje enviado, pero no pudo. De modo que lo envió sin animarse a leer lo que ella misma había escrito. Era una carta de despedida. <Que sea lo que Dios quiera, seguro tiene razón y no podemos estar juntos. Lo mejor es que me olvide de todo esto>, pensó.

Con un aire triunfante y decidido, apagó la computadora e intentó localizar su camperita negra entre todas las cosas que había en el perchero.
Por fin se sentía capaz de superar esa mala experiencia y empezar de cero, con otra actitud esta vez. Su mirada sería positiva a partir de ahora.
-El se lo pierde- dijo con un todo socarrón mientras se recogía el cabello.
Antes de salir, dio un último vistazo al espejo. Todo parecía estar en su lugar. Su mano tuvo que alejarse del picaporte cuando comenzó a sonar el teléfono.
Sin pensar en nada, atendió con prisa:
-Hola
-Hola Mari, ¿podes hablar?- Dijo Leo con voz de niño inocente.
Mari no podía creer lo que le estaba pasando. Su castillo de suerte se deshacía ante sus oídos.
-No, Leo, ya fue. Dijimos que no podemos estar juntos ¿o no?
-Si pero yo te extraño.
-Ya lo sé, y ¿entonces? ¿A vos que te pasa conmigo?-Insistía Mari, como siempre.
-Nada. O sea, te quiero pero vos te mereces algo mejor que yo-Contestaba él como si le hablara a una pared de vidrio.
-Pero yo te amo, Leo. ¿Por qué no lo entendés?-Ella sentía que aún lo amaba. Su cuerpo parecía desarmarse de a poco.
Luego de un silencio, Leo profirió sus líneas:
-¿Sabes qué?, discúlpame por haberte llamado. Creo que alejarnos es lo mejor para todos.

Mari colgó el teléfono y se sacó la camperita negra. Necesitaba sentarse un momento en el sillón para recomponerse. Pero no permanecería allí por mucho tiempo, o terminaría sepultada entre los resortes y los almohadones color crema.