jueves, 2 de julio de 2015

El péndulo






“…mi estrategia es que
un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites”.


Mario Benedetti. Táctica y Estrategia.

Luego de colgar el teléfono con cierta violencia, se recostó en el sillón por un buen rato. El sol de las seis de la tarde emprendía su lenta retirada, y volver a escuchar esa música nunca era buena idea.
Que sonara el teléfono otra vez, para escuchar esa voz que era una música a medida. Música que solía dejarle un sabor amargo. ¿Demasiado?. Nunca bastaba, entonces ¿cómo podría ser demasiado?.
Lo cierto era que él no cantaba ni en la ducha, era ella la que transformaba palabras vacías en palabras llenas; un dicho como cualquiera era escuchado como canción de amor.
Ella proyectaba sus mayores sueños en ese cuerpo, y era la altura que alcanzaba la satisfacción lo que le provocaba semejante miopía a partir de la cual todo lo demás resultaba mediocre.
No era fanatismo, ya no tenía edad para esas tonterías.
La situación emocional consistía en un descubrimiento, como eso que uno siente al encontrar un papelito adentro de un bombón que dice “deseo cumplido”. Como los bombones, toda satisfacción por más intensa que sea tiene su fecha de vencimiento. Que las letras sean pequeñas no implica que no sean legibles.
Normalmente era una persona activa, para no decir hiperactiva. Pero los altibajos, las preguntas y esa intuición empecinada terminaban por consumir la mayor parte de su energía.
Fervientemente, pensaba que con él estaba arriba y que sin él estaba abajo. Down, bajón, mediocridad de estar abajo.
A la vez que quería la paz mundial, también quería una guerra. Odiaba esa patética postura que había tenido que asumir. Postura de loca, loca de amor digamos. Por más inteligente que hubiera sido antes, era seguro: ya no estaba en sus cabales.
Todo el mundo podía observar cómo su discurso trastabillaba incansablemente, como le había dicho la tonta de la amiga de su hermana “Ay Mari! ¡No parás de hacer lapsus!”. <¡Quién se cree que es!, aparte no tengo la menor idea de lo que es un lapsus>, pensó al fruncir el ceño. Tampoco le quedaba ánimo como para saber que era un lapsus y porque le pasaba eso. Como si pudiera cambiarlo…
Mari lo reconocía con resignada aceptación: su vida se regía por un movimiento pendular que, como todo péndulo, no iba para ninguna otra parte que a un lado o al otro.
Conocía muy bien lo que era estar en la tierra y en el cielo, en un lado o en el otro era lo mismo. Porque el dialogo siempre empezaba y terminaba de la misma manera, con la misma abertura hacia lo indefinido, esa indeterminación patética.

-Ya lo sé, y ¿entonces?, ¿A vos que te pasa conmigo? -Insistía Mari, como siempre.
-Nada. O sea, te quiero pero vos te mereces algo mejor que yo -Contestaba él como si le hablara a una pared de vidrio.
-Pero yo te amo, Leo -Ella sentía que lo amaba a pesar de todo. Su cuerpo se iba aflojando con cada palabra de Leo.
-Alejarnos es lo mejor para todos.

Con esas últimas palabras, Leo sellaba toda posibilidad. Y sucedía, Mari rompía en llanto y pensaba que jamás se recuperaría de ese pesar. Como cuando el médico se dirige a la familia expectante de un enfermo y profiere esas temidas palabras “hicimos todo lo posible, pero no hubo una respuesta favorable y ya nada se puede hacer”.
Este diálogo resonaba en su cabeza como un dictamen absurdo y sádico. Retornaba, una y otra vez sin que tuviera control alguno sobre esto. La voz de Leo aparecía como de repente mientras ella hacía las típicas cosas que hace cualquier persona, y así podía escuchar algunas palabras dichas que no lograba entender.
La cuestión es que ya era una mujer grande, no podía estar en su casa parasitando a causa de su amor.
Para recuperarse rápido la técnica de recordar solo lo que conviene siempre daba sus frutos. Mari se quedaba con ese mísero “te quiero” que había salido de la boca de Leo. De esa forma podía seguir con sus actividades normales.
Esas contestaciones de él, la frase sentencia “ya fue”, eran un alambre de púa incrustado en su destino. Siempre fue partidaria de las cosas simples y los juegos de mente, pero esto ya era el colmo.
Por algo sería, que Leo disfrutaba mucho de jugar al truco, claro estaba: era un excelente jugador de la mentira y la apariencia.
<Hubiera jurado que me quería,  que buen actor>. Volvió a pensar Mari.  <Deberían darle una medalla por venderse tan bien y relacionarse con los demás mostrando su carisma. Ángel, dicen. Tiene ángel>.
De Mari, no decían lo mismo. De ella decían que era divina e inteligente.
Ya era hora de levantarse del sillón, si llegara a quedarse allí por más tiempo terminaría hundida entre los almohadones.
De un solo golpe se puso de pie, y hasta le pareció divertido marearse un poco. Mientras buscaba la toalla para refugiarse en una ducha caliente, no pudo evitar pensar que tal vez todo salió mal porque ella era una mujer demasiado verdadera. La cuestión irremediable era que no tenía ángel.
La obviedad caía por su propio peso, el hecho de ser una mujer divina, inteligente y bella, no le alcanzaba para poder estar con alguien como Leo; del cual se dice “tiene ángel”.
-¿Quién es la mujer que puede estar con alguien así?. ¿Existe?, ¿Quién es?. Si supiera quién es la mataría- dijo murmurando.
La realidad volvió a tomarla entre sus cuerdas afinadas y pudo decir en voz alta:
-No, esa mujer no existe. La mujer que parece completa, enseguida deja de causar efecto. Porque detrás de esa aureola angelical, maternal ¿que hay?: hay nada.
Mari se iba acostumbrando a los cambios de humor cada día más, pero más que estar enojada con Leo, estaba furiosa consigo misma por haber caído. Fall in love…sin poder levantarse de nuevo.
La carta, que pretendía ser la última que le escribiría a Leo, fue pensándola mientras se enjuagaba el pelo lleno de crema. El aroma de frutas del acondicionador de pelo la conectó con sensaciones de paz y voluptuosidad.
Ni siquiera pudo cambiarse, ya que tuvo que correr a la computadora para escribirle:

Te espero en las profundidades de la vida. Debajo del universo, los relojes y las brújulas; donde es imposible distinguir entre el día y la noche, el frío y el calor. Aquí abajo no hay tiempo, solo hay imagen. Una imagen que aparece por impulso entre mis ojos, horus de ensueño. La imagen en donde estoy de espaldas a mi misma y vos me abrazas tan fuerte que ya no se puede imaginar nada después de eso. Tan cerca que podía sentir los latidos de tu corazón galopar sobre el mío, con insistencia y osadía, como invitándome a bailar su ritmo.
Pero yo no soy así, soy más lenta, menos apasionada, más constante. Vos necesitas a alguien que se lleve bien con los bordes del abismo, y pueda convivir con la vida y la muerte, que pueda soportar ser amada sin  ser deseada.

La misma corriente cálida que la había obligado a escribirle la llevó a presionar Enter. Vio que la casilla de e-mail le daba una última oportunidad para redimirse y deshacer el mensaje enviado, pero no pudo. De modo que lo envió sin animarse a leer lo que ella misma había escrito. Era una carta de despedida. <Que sea lo que Dios quiera, seguro tiene razón y no podemos estar juntos. Lo mejor es que me olvide de todo esto>, pensó.

Con un aire triunfante y decidido, apagó la computadora e intentó localizar su camperita negra entre todas las cosas que había en el perchero.
Por fin se sentía capaz de superar esa mala experiencia y empezar de cero, con otra actitud esta vez. Su mirada sería positiva a partir de ahora.
-El se lo pierde- dijo con un todo socarrón mientras se recogía el cabello.
Antes de salir, dio un último vistazo al espejo. Todo parecía estar en su lugar. Su mano tuvo que alejarse del picaporte cuando comenzó a sonar el teléfono.
Sin pensar en nada, atendió con prisa:
-Hola
-Hola Mari, ¿podes hablar?- Dijo Leo con voz de niño inocente.
Mari no podía creer lo que le estaba pasando. Su castillo de suerte se deshacía ante sus oídos.
-No, Leo, ya fue. Dijimos que no podemos estar juntos ¿o no?
-Si pero yo te extraño.
-Ya lo sé, y ¿entonces? ¿A vos que te pasa conmigo?-Insistía Mari, como siempre.
-Nada. O sea, te quiero pero vos te mereces algo mejor que yo-Contestaba él como si le hablara a una pared de vidrio.
-Pero yo te amo, Leo. ¿Por qué no lo entendés?-Ella sentía que aún lo amaba. Su cuerpo parecía desarmarse de a poco.
Luego de un silencio, Leo profirió sus líneas:
-¿Sabes qué?, discúlpame por haberte llamado. Creo que alejarnos es lo mejor para todos.

Mari colgó el teléfono y se sacó la camperita negra. Necesitaba sentarse un momento en el sillón para recomponerse. Pero no permanecería allí por mucho tiempo, o terminaría sepultada entre los resortes y los almohadones color crema.