jueves, 2 de julio de 2015

La dama de blanco


Si seguía leyendo probablemente terminaría desmayada. El grado de estupor fue tal que luego de guardar el montón de cartas en el cajón, seguía viendo el nombre de quién firmaba las cartas, “Florencia”, una y otra vez.
Sabía que ese cajón escondía algo importante que Matías no había querido mostrar. Sabía que la relación, que tan bien andaba, se iba a empañar con algo, solo era cuestión de tiempo.
Había leído muy rápido, pero lo fundamental quedó amarrado en su memoria. Decir que estaba celosa era poco, más bien estaba ida, tenía una furia insólita en ella.
Tan terrible era darse cuenta que otra mujer había tenido a su amado… Que ingenuidad pensar que era solo para ella. Lo más punzante fue pensar que no era suficientemente bella, inteligente, adinerada como la tal Florencia, por lo que su letra dejaba traslucir, era una mujer perfecta para su novio. Incluso no podía imaginarse las razones que motivaron la ruptura entre ellos.
Se paraba y se sentaba, giraba y luego caminaba de un lado al otro, tenía unas ganas imperiosas de irse de ahí, pero primero debería llegar su novio, abrirle la puerta. Se suponía que dedicaría esas dos horas al estudio…
-Que haces amor, ¿todo bien?. Dijo Matías al llegar, con la menor preocupación.
Soledad no podía ya aguantar sus emociones dentro del cuerpo
-No, todo mal, encontré las cartitas de tu amada. Se ve que las guardaste, ¡por algo será!.
-¿que cartas? ¿Que amada?
-No te hagas el desentendido, tenes un monton de cartas de amor, fotos y esas cosas en el último cajón. Abrime la puerta que me voy.
-Ahhh… ¿las cartas de Florencia?. Pero eso fue hace mucho tiempo linda, las guarde como recuerdo, nada más.
-Bueno, te la hago cortita: o tiras las cartas o no me ves nunca más.
Matías se rio con cierto nerviosismo. Le gustaría conservar esos papeles porque Florencia lo había acompañado en muchas experiencias. Pero la expresión de Soledad, le indicaba que solo había una opción.
-Bueno, no hay problema. Las tiro todas. Ahora las tiramos a la basura.
Soledad respiró más fácilmente. Por un lado, fue una respuesta que le gustó escuchar. Aliviada, empezó a bajarle la temperatura. Era lo que había que hacer, pero tal vez era un poco injusta.
Matias podría ir a su casa y revisarle la caja verde, que más que verde era la caja negra. Allí guardaba algunos diarios en donde relataba sus historias de amor con distintos hombres. Si llegara a ver todo eso, de seguro quedaría sola.
Después de todo, las de Florencia eran cartas inocentes excepto una, una que estuvo a punto de provocarle una descompensación estomacal.
Luego de tirar la bolsa llena de cartas a la basura, se despidieron con un beso.
Dispuesta a tomar el colectivo rumbo a su casa, una corriente nerviosa comenzó a recorrerla íntegramente. Porque algunas cartas, no había podido leerlas y lo mejor sería leerlo todo, saber detalles, fechas. Podría averiguar más de Florencia, donde vive, que hace y esas cosas.

A lo lejos, y entre los hilos de sol que se le escabullían a través de sus lentes, vio acercarse el colectivo que tenía que tomar. Desde la parada, podía ver aún el volquete en donde habitaban las cartas y esos segundos resultaron tortuosos, porque quería correr hasta el volquete, sacar la bolsa y llevársela a su casa para hacer una especie de autopsia, investigación del pasado amoroso de Matías. Pero Soledad no era una loca, tenía dignidad suficiente como para evitar meterse dentro del tacho de la basura.
El colectivo ya estaba a sus pies, y con una mirada parecida a la de un niño que observa el juguete que desea a través de la vidriera, se despidió de la bolsa de cartas.
De inmediato abrió el cuadernillo de anatomía para avanzar un poco, ya que había perdido toda la mañana revisando los cajones de Matías, una verdadera tontería si lo pensaba dos veces.
Al cabo de algunas semanas, la tormenta había pasado, Las cosas volvieron a la normalidad y el buen trato entre ellos. Nuevamente gozaba de esa comodidad que solo la costumbre puede brindar.
Los celos se apaciguaron y siguió su vida sin mayores molestias.
Esa noche se había dormido enseguida, sin leer ni mirar nada. Después de cursar tres materias en la facultad, llegaba tan cansada que no había preámbulos para dormir.
A mitad de la noche, un ruido tosco la despertó, como un golpe.
Entre las sombras, sobre la puerta de su dormitorio, se esbozaba una silueta que le costaba determinar con la vista. Para cerciorarse de que estaba despierta, se incorporó en su cama.
La silueta comenzaba a tener contornos más nítidos, de color blanco brillante, se dejaba ver una mujer alta, de pelo largo y lacio que la  miraba fríamente.
Muy asustada, comenzó a temblar. No se animaba a dirigirle una palabra, era intimidante. La mujer de hermosas curvas llevaba un vestido largo, tenía todas las características de un vestido de novia que se movía lentamente como si alguien lo estuviera soplando.
Ya no podía pensar con claridad, solo quería que esa dama de blanco dejara de mirarla fijamente. Temía que al estirar el brazo para prender la lámpara de metal, la dama avanzara hacia ella para matarla. Disimuladamente con la destreza de un cirujano, comenzó a estirar su brazo para apretar la perilla de la lámpara, tratando de no mover ninguna otra parte del cuerpo.
Lo último que vio antes de que la luz se encendiera, fue que la mujer era transparente, a través de ella podía ver la puerta de madera.
Al llegar la luz, la dama ya se había ido. 
Apretando los labios pensó <ella es Florencia>.
Después de eso, ya no podría volver a conciliar el sueño. Con la luz encendida y el cuerpo inmóvil, tuvo que prometerse a sí misma que jamás volvería a revisar cajones ajenos.