jueves, 11 de agosto de 2016

La potencia del acto

¿Qué es un acto?.
Las acepciones de la palabra acto remiten a la acción, a una celebración pública y solemne. En filosofía un acto es “lo real, lo que es determinación o perfección de la potencia” (Diccionario de la Real Academia Española). Acciones hay muchas, y generalmente no tienen mayor pertinencia, pero los actos que una persona gestiona durante su vida se pueden contar.
El acto como perfección de la potencia es un momento gestionado por un sujeto activo, que marca una antes y un después en la vida. Aquel que comete su acto no solo es activo, también está sumamente despierto y decidido a realizar su apuesta.
Por más que el ser humano busque certezas y se las ingenie para evitar el azar lo máximo posible, todo acto es una apuesta en tanto solo sabremos si fue lo correcto cuando haya ocurrido.
Muchas personas se preguntan: “si yo quiero hacer esto ¿porqué no lo hago?”. Digamos que somos seres complejos, atravesados por múltiples palabras, recuerdos, afectos y contradicciones.
Un acto suele implicar cambios más o menos notorios pero en todos los casos tendrá consecuencias. Incluso cuando se trata de situaciones que hemos querido por largo tiempo, no es sencillo soportar las consecuencias.
Entonces, un acto que es significativo para alguien normalmente genera temores e inquietudes previo a realizarse. Ese destello de nerviosismo, la serie de palpitaciones sorpresivas, la tormenta de ideas acerca de lo que puede llegar a pasar en el momento mismo del acto, se deben a que eso que está por hacerse es de suma importancia, es “determinante de la potencia” dirían los filósofos.
Aunque conscientemente se quiere lo mejor para la propia existencia y la de los seres queridos, nuestra naturaleza siempre deja traslucir esa veta masoquista y regrediente, que lleva a dudar, culparse y vacilar respecto de lo que verdaderamente quisiéramos hacer.
¿Quién no ha fantaseado con lograr un objetivo sin pagar por ello?.
Para citar algunas situaciones corrientes: “quiero recibirme de médico pero que la carrera dure tres años”, “quiero tener un hijo pero seguir teniendo la vida de siempre”, “quiero tener un cuerpo divino sin hacer nada para ello”, “quiero ser millonario sin tener que trabajar”, y la lista puede seguir cuanto ustedes quieran.
La verdad es que no pueden obtenerse grandes cosas con pocos movimientos. Aquí surge una proporción que, se la respete o no, siempre funciona: a grandes cambios, grandes movimientos. Lo grande no necesariamente es “grande” para todo el mundo, depende cómo lo vive cada quién. Los grandes movimientos pueden tener que ver con el tiempo, o bien con el esfuerzo, o bien con la persistencia.
Las postergaciones, las inhibiciones, los temores desmedidos suelen detener el acto y a veces pueden llevar a renunciar a un porvenir precioso. El deseo es algo que complica y facilita la vida a la vez, ya que es algo molesto hasta tanto no se materializa de alguna manera concreta. Pero una vez que un deseo auténtico logra encarnarse en acto, casi todas las cosas resultan más fáciles de transitar.
Dadas las circunstancias, puede que alguien quede detenido entre la idea y el acto, sin poder dar el paso necesario para saltar a otra cosa. A este salto se debe la incomodidad en cuestión. Como suelen decir en nuestros días, “hay que salir de la zona de confort”, no sé si siempre hay que salir, tal vez solo haya que hacerlo cuando ese cambio conlleve una mayor comodidad.
Por otra parte, los actos siempre se acompañan de un decir que los sostiene, pero no ocurre lo mismo a la inversa, ya que se pueden decir miles de cosas sin que existan actos adecuados a lo que se dijo. Por ejemplo, si digo “te amo, quiero estar con vos”, aquello que digo solo vale si encuentra su materialización en los actos. Tal es así que “a las palabras se la lleva el viento”, salvo que se las escriba con letras o con actos.
Volviendo al acto como apuesta, cuando alguien hace su apuesta se presenta allí donde es llamado: en tiempo y forma. Y es llamado por su propio querer.
Cuando un acto se vuelve necesario, las voces del deseo suenan y resuenan en cada cosa cotidiana, ¿Por qué no hacerle un lugar a aquello que no deja de insistir bajo múltiples formas?.

Muchas veces, poder escucharse es el primer paso para gestionar el acto. Tal como dijo J. Lacan, aunque la angustia amenace, “solo la acción quita a la angustia su certeza”.